El Último Hombre

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Ahora que estamos aquí y tenemos bastante tiempo, te cuento como pasó todo. La historia es bastante sencilla.

Mi vida era completamente solitaria, pero yo era muy feliz…. o creía serlo.

Después de la devastación de la gran guerra química, como recordaras, no quedamos muchos humanos en pie. De cualquier manera sabíamos que moriríamos pronto porque los vegetales y animales estaban contaminados o  muertos.

Cuando caímos en cuenta de la gravedad de la situación, empezamos también a entender que el canibalismo sería un hecho.

Sabía manejar a la perfección cualquier tipo de arma. Todo me lo había enseñado mi Padre entre los 5 y nueve años de edad. Luego Papá recibió un disparo en la nuca mientras bailaba festejando mí decimo cumpleaños.

No debe haber manera más estúpida de morir, que el que te encuentre una bala mientras estas haciendo el ridículo.

Hay miles de maneras de morir, una es el olvido, otra es el abandono. El abandono te permite morir mil veces. Cada perdida en mi vida era una nueva muerte. Hasta que al final me quedé solo.

Caminé por esta tierra estéril pensando que era el último hombre, que cuando muriera terminaría la historia de la raza humana. Estaba completamente convencido de que era el último, te lo juro. Hasta que lo impensado, lo imposible pasó.

Mi primer encuentro con mi asesino fue cordial.

Me anoticie de su presencia un día como cualquier otro, cuando estaba merendando, al atardecer. Levante mi tasa y cuando estaba por llevarla a mi boca sentí un zumbido que se agigantaba rápidamente y ¡bam! Estallo mi tasa entre mis dedos. Alguno de los pedazos dieron en mi cara y me cortaron levemente. Gire mi rostro ensangrentado y a lo lejos pude ver el brillo del atardecer en la lente del rifle de mi enemigo.

Me tire rápidamente al piso al lado de una pila de chatarra y una alegría inmensa me invadió el pecho.

Varios  disparos pegaron en las chapas y empecé a planificar mi  huida, ya que mis armas estaban guardadas lejos de ese lugar y mi contrincante estaba empecinado en terminar nuestra relación sin siquiera haberla empezado.

Llegué al edificio que funcionaba como mi guarida y me di cuenta que el francotirador no me había seguido. Ese fue mi primer encuentro con Samuel.

Duró casi tres años nuestro juego del gato y el ratón. De perseguirnos y dispararnos por días hasta que agotados, abandonábamos el juego.

Siempre festejaba el aniversario de la muerte de mi padre con una buena borrachera. Conseguía alcohol de los supermercados abandonados y me volaba la cabeza en su honor. A veces sentía que era una niñada todo esto del ritual recordatorio, pero después me di cuenta que me ayudaba a no sentirme tan solo. Recordar su muerte era recordar que existió, que estuvo a mi lado, que me acompañó, que fue mi padre. Después de muchos años de soledad te olvidas de ese tipo de cosas. El pasado se hace cada vez más borroso. Llegas al punto en donde todo parece haber pasado solo en un sueño. Y desconfías de tus recuerdos, como desconfías de la veracidad de tus sueños.

Un año, lidiando con una resaca mitológica, se me ocurrió algo que nunca lo hubiera pensado en situaciones normales. Quería conocer a mi asesino. Cosas que se te ocurren con el sistema nervioso central deprimido.

Esa tarde plante una bandera blanca en una colina desde donde podía divisar si aparecía alguien en cualquier dirección. Yo estaba acostado con mi fusil de largo alcance, cuando por la mirilla veo algo increíble pero muy esperado. A lo lejos se acercaba alguien con un fusil en su hombro, enarbolando una bandera blanca.

Lo recibí con una trompada en la boca que lo dejó fuera de juego. Tenía que asegurarme que sus intensiones eran sinceras y honestas. Así que lo até a un auto quemado cercano a mi guarida y empezamos a charlar cuando volvió en sí.

La charla duró varios días hasta que me convenció de que lo liberara. Cuando lo hice su primer reacción fue partirme la boca de una trompada. Hay cosas que no se olvidan.

Nos había costado pero habíamos dado un paso importante. Sabíamos que uno iba a morir a manos del otro, pero mientras tanto tratamos de aprovechar y hacernos un poco de compañía. No sabíamos por cuánto tiempo, ni quien daría el primer paso. Yo por lo menos traté de no hacerme esas preguntas y disfrutar día por día de la compañía que tenía. No charlaba con alguien desde la muerte de mi padre, de esto pasaron 30 años. Es mucho tiempo para no emitir una palabra.

Samuel también disfrutaba de mi compañía, se notaba por su buena predisposición y buen humor.

Nunca tuve sexo, ni novias ni nada parecido a las vivencias que me contaba mi padre. Nunca entendí lo que mi viejo explicaba como amor, pero creo que lo que teníamos con Samuel era lo más parecido al amor que había tenido en mi vida.

No me atraía físicamente, ni tenía ganas de cogérmelo. Solo amaba su presencia, su conversación, su existencia en mi vida.

Si me apuras ya, te digo que lo amaba. Si hermano……   estaba enamorado de Samuel.

El también disfrutaba de mi compañía. Estaba muy activo y divertido la mayoría del tiempo. Me contó sus penas, sus pesares,  sus pérdidas y lloramos juntos con sus historias más dolorosas.

Fueron los mejores años de mi vida.

Todo anduvo de maravilla hasta que apareció ella ¿Vos podes creer? ¿Cuanta mala suerte puede tener un ser humano?

Cuando mejor nos estábamos llevando con Samuel, aparece esta mina.

Cuáles eran las posibilidades de que hubiera otro sobreviviente y encima ¡que fuera una mina! La reputa madre que me remil parió.

Lo que nos costó construir durante años con mi asesino, lo destruyo esta mina en segundos, con su sola presencia.

La tomamos inmediatamente como rehén y ahí empezaron las discusiones. Seguro te las podrás imaginar y no son importantes para lo que te estoy contando, solo te voy a decir como terminó todo. Con un balazo en mi frente, así es como terminó todo. Pero no creas que le hecho las culpa a Samuel de que me matara. Todo fue culpa de esa yegua

La cuestión es que ahora sobrevuelo este planeta como si estuviera hecho de helio. La verdad que esto de no tener cuerpo es muy copado ¿no te parece? va… . Que te voy a contar a vos.

Miralo al muy pelotudo cocinando mi cuerpo y riéndose a carcajadas con la mina. Mira como le lleva un trozo de mi hígado a su boca y ella lo acepta. Esto es el festival de la hipocresía.

No hace falta que me quede más tiempo para saber cómo termina esto ¿no te parece?

No te di las gracias por esperarme en este lugar. Muchas gracias macho. Ahora si podemos ir hacia a ese lugar que tanto jodías que teníamos que ir.

¿Me recordas como se llama?

 

MARIANO ARGERICH

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