Hombres

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No puedo escribir. En realidad no sé cómo hacerlo. Se poner una palabra detrás de la otra pero eso no significa que pueda escribir, solo significa que conozco de manera primitiva un lenguaje y puedo usar su simbología para transmitir una idea. ¿Y acaso eso no es escribir? No lo sé. Mi padre sabiamente diría “Que bruta Verónica”, “Cuanta ignorancia”.

Lo bueno es que me gustan las palabras y me gusta cómo se ven escritas en un papel. Además disfruto de la idea de que las leas y se te presente la imagen que representan en tu cabeza. En este momento soy la dueña de tu pensamiento ¿O no? Puedo poner palabras horribles en tu mente, como asesinato, y listo, ya la tenés ahí junto con alguna imagen espantosa asociada. Pero bueno, voy a ser benévola y pondré algo lindo en tu mente, como flor, perfume, amanecer, niño.

Ojalá todas estas palabras te hayan generado lindas imágenes. Por lo menos en la mía lo hacen.

Como verás me gusta jugar con la cabeza de la gente. Soy psiquiatra desde hace años, pero esto no termina ahí, también soy parapsicóloga. A eso me dedico para hacer plata. La psiquiatría es buena, pero la parapsicología es muy superior. Vivo en Nordelta, tengo dos autos, un marido, un amante y dos hijos que van a las mejores universidades europeas.

Sí, hago guita jodiendo gente. ¿Te vas a poner en moralista conmigo? ¿Vos? ¿Nunca una canita al aire? Bueno, te la dejo pasar, pero después que te cuente lo que me pasó, me decís como habrías actuado. Ahí sí que te quiero ver.

Estoy haciendo unos de mis recorridos por el país con mi “Sanación Ambulatoria” y llego a este pequeño pueblo de Santa Fe en donde encuentro a un gringo hermoso de unos 23 años que lo hipnotizo como parte de unos de mis tratamientos. Como psiquiatra he trabajado con regresiones y se cómo hipnotizar a una persona. La pongo en trance en cuestión de segundos.

Me meto en su mente y la controlo por completo. ¿Quién se puede resistir a tener a un hombre así bajo su dominio absoluto? Ninguna mujer, te lo puedo asegurar. Menos a semejante papurron. La cuestión es que está tan bueno que decido mantenerlo hipnotizado todo el tiempo, para todo el viaje y llevármelo.

Dejé a mi esposo, a mis hijos, a mi amante, al perro, a los vecinos, al país. ¡A la mierda, a vivir a una Isla del Caribe!

Todas las mañanas se levantaba aturdido y rápidamente tenía que ponerlo nuevamente en trance para poder tenerlo conmigo. A veces me despertaba y él estaba llamando al 911 pidiendo ayuda. Tenía que tomar el teléfono y decir que todo era una broma.

Reconozco que esto te debe sonar macabro, pero si te muestro una foto del chongo se te acaban todas las dudas y prejuicios.

Estuvimos así 7 años, hasta que un buen día, mientras estábamos de gira por Punta del Este. ¡Paf! Una vocecita empezó a hablar con mayor y mayor fuerza en mi cabeza, no me dejaba en paz, maldita conciencia.

Esa noche no puede dormir por el remordimiento. No pude soportar más la situación. Esperé a que él se despertara y le conté como pude toda la verdad, llorando frenéticamente. Para mi sorpresa no me golpeó como inicialmente esperé que lo hiciera. Solo bajó la mirada y me dijo que hace años que ya no lo hipnotizaba, pero que le gustaba el empeño que le ponía y la calidad de vida que le daba.

-¡Desgraciado! – Fue lo primero que se me escapó, pero su mirada aguda me hizo recordar los años de Hipnosis. Me calmé y seguimos charlando.

Me empezó a contar que en cada charla que yo tenía por distintos países, el programaba una reunión con su amante estable que viajaba con nosotros pagada por mí, a todas partes del mundo como un par medias extras.

Estaba por gritar pero me contuve. Tragué saliva y dejé que siguiera hablando porque estaba más comprometida que él en todo esto. Yo había empezado con esta farsa, pero ambos habíamos sacado provecho de la situación. De cualquier manera, no iba a dejar a este infeliz seguir con su vida de privilegios sin conocer a la tipa que estaba gastando plata de mi bolsillo en cada viaje y acostándose con mí juguete sexual. ¡Ni loca!

Hablamos de empezar de nuevo, de no seguir con esta farsa y que lo de su amante debía terminar. Él estuvo de acuerdo. Hicimos borrón y cuenta nueva.

De todas maneras me decidí a seguirlo de cerca, para conocer a su amante, porque estaba convencida que no la iba a dejar o por lo menos tenía que verla para cortar con ella, cosas que las minas sabemos. Me quedé rumeando un único pensamiento “Atorranta, la vas a pagar”.

Al día siguiente de la confesión mutua le digo: “Eduardo, tengo una entrevista con un paciente importante, voy a salir una hora”, con una tostada en la boca y sin mirarme asintió con la cabeza. Dije esto y salí del hotel, pero me quedé en el café de enfrente esperando a que apareciera la yegua. Mi instinto femenino me decía que se iban a encontrar. Empecé a pensar que quizás me apresuraba, que tal vez él no la había llevado a Punta del Este. Me estaba poniendo paranoica.

Pague mi café y me levanté con una sonrisa.  Me dirigí hacía la puerta y lo vi a Eduardo salir hasta el hall del hotel. Reí nuevamente pensando “Me vio y me viene a buscar, es un dulce” y lo vi abrir la puerta de una limousine negra que acababa de estacionarse. Tomó la mano de una mujer y esta bajó del automóvil. Era una morochita bajita de unos 55 años, gordita, retacona y de trenzas. Él le llevaba medio cuerpo. Abrazados caminaron calle abajo. Sentí una descarga eléctrica en mi sistema nervioso central y trastabillé en el único escalón de la puerta del café. Caí de culo en la vereda.

El mozo rápidamente fue a auxiliarme, me ayudo a parar y se lo agradecí con un billete de 100 dólares. Yo me mato en el gimnasio y esta gorda de mierda me caga el macho. No lo puedo permitir, ¡la reputísima madre! Fue lo único que pude pensar. Los seguí de cerca. Los vi entrar a un museo. Yo entré detrás de ellos. Se pararon frente a una obra de Eugene Delacroix y se besaron apasionadamente. Las lágrimas rodaron por mi cara. Nunca había visto nada más romántico.

¿Por qué no puedo tener eso yo? ¿O por lo menos algo parecido? Debo haber jodido a los dioses equivocados.

Lo único que atiné a hacer fue a sacarles una foto y mandársela a mi grupo de amigas en WhatsApp y ver si alguna podía reconocerla. Varias conocían a Eduardo, así que envié una foto en donde a él se lo ve de espaldas y a ella de frente y titulé el mensaje: “Romanticismo en el Museo, ¿Alguien conoce a esta afortunada?”. Nadie me contestó por WhatsApp. Me encabroné y  Tuiteé el mismo mensaje y esperé noticias de mis seguidores. Tuve noticias, y vaya si las tuve.

Para mi sorpresa era una ex empleada de la que no tenía registro. Aparentemente la había despedido de mala manera hace tiempo, por lo que pude saber luego. La Googleé desesperadamente para conseguir algún teléfono, mail o algo que me ayudara a encontrarla luego, a solas. No quería hacer una escena frente a Eduardo, no quería perderlo. Encontré una página con su nombre y nuevamente recibí una descarga de 10.000 voltios.

Se la describía como la cabeza de una religión nueva llamada Milciología. Aparentemente de mucho éxito entre artistas y estibadores. La muy turra parece que había encontrado uno de mis libros y había aprendido la profesión.

¡Maribel! La muy guarra. La voy a matar, la voy a fundir, mejor aún, voy a hacer un conjuro para que no se le pare más a ese desgraciado- Bajé un cambió porque esa última opción me iba a perjudicar a mí también. -Mejor hablo con Maribel para ver qué es lo que quiere con mi novio- No se lo pensaba entregar así nomás. ¡Que se busque su propio gringo!

La llamé e increíblemente acepto que nos sentáramos a tomar un café y “negociar” esta situación. Quedamos en juntarnos en un bar de La Barra en Punta.

Llegué temprano y busque una mesa cercana a la puerta, al lado de una ventana que daba a la calle. Llevaba mi arma por si la charla se ponía tensa. Llegó Maribel a la ventana del Bar. Me miró y entró con cara de pocos amigos. Me hizo acordar a Stallone en Rambo I. Creo que le vi un poco de barba en el mentón, no sé, puede haber sido la iluminación.

Se sentó en la mesa. Pedimos dos cortados y charlamos un buen rato hasta que por fin mostró las garras.

-No te lo voy a dejar – Me dijo la petisa.

-Te voy a fundir – Contesté.

-Te voy a dejar ciega.

-Yo te voy a dejar sin dientes – Dije esto y me di cuenta que le faltaban un par.

Así seguimos amenazándonos un buen rato hasta que por la ventana lo vemos pasar a Eduardo de la mano de un pelado barbudo. El pelado se iba tocando la barba. Esos pelados de mierda que se dejan la barba solo para tocar un poco de pelo en la zona alta, lo único que pueden hacer. Se miraron enamoradísimos y para completar la postal se trenzaron en un beso interminable.

Nos quedamos heladas, nos miramos desconcertadas. Esa imagen la sorprendió a Maribel tanto como a mí. Empezó a sonar en el bar “Simpatía por el demonio” de los Rolling Stones. Saqué mi 9 milímetros de la cartera. Ella sacó una AK 47. Nos miramos y gritamos a coro ¡La cuentaaaaa!

 

MARIANO ARGERICH

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