El Gondolero

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Perdí mi pene en un accidente en motocicleta en el verano del 2000. Por aquella época tenía 35 años, 2 hijos y una mujer. Ella trató de acompañarme lo más que pudo pero al final fui yo quien le dio un corte a la relación. El no poder satisfacerla sexualmente era algo que me turbaba la conciencia.

Ella nunca me dijo nada, ni siquiera sacaba el tema de nuestra vida amorosa. Yo sabía que la cosa no debía estar muy bien. Pero la verdad es que no quería llegar al punto inevitable de encontrarla con un amante.

¡Ojo!, yo le propuse que se buscara uno, pero viste como somos los hombres, podemos decir algo de la boca para afuera pero por dentro es una piña en las bolas.

La cuestión es que tengo 45 años y estoy solo. Después del accidente le di mucha bola a mi físico. Empecé con la rehabilitación de la pierna, que en el mismo accidente, me la quebré en varios puntos.

Después seguí yendo a gimnasios regularmente, con lo cual saqué un lomo importante. Me llené de amigas, total, no me iba a acostar con ninguna. Así que era el mejor amigo de las minas, mejor que un gay nuevito.

Me volví metrosexual. Peluquería, manicuría, depilación, todo el combo. Tenía un buen laburo con lo cual, pilcha, móvil y casa estaban garantizados. Había empezado a entender a las mujeres de una manera impensada. La libido se había ido con mi pene y de pronto escuchaba a las mujeres como nunca. Me transformé en un experto en temas femeninos, mis amigos acudían a mí por consejos. Un “Casanova” sin pito, un plomero sin llave inglesa, ¡jodido!

Por mucho tiempo se corrió la bola de que era trolo, pero en algún punto me parecía más digno pasar por trolo que por eunuco.

Salgo hace unos días con una amiga. Cenamos y me ofrece ir a un boliche, cosa que yo no hacía hace tiempo. Vamos a uno que estaba de moda, bastante lindo y caro. Buena música, buenos tragos. Las horas empezaron a pasar rápido al igual que los tragos. No sé en qué momento mi amiga se fue y yo estaba chamullando a una rubia despampanante. Todo el boliche me miraba. Éramos la pareja de la noche. Bailamos y bebimos mucho, nos reímos, nos susurrábamos cosas al oído. Por ahí rosaban mis labios con su oreja y me corrían millones de hormigas por la espalda.

Nos sentamos en unos sillones, ella me cuenta de sus desamores, de cómo su belleza física la había alejado del amor. Que tanto físico conseguido en horas y horas de gimnasio solo la había vuelto infeliz. Cruel destino, fa.

Solo ella hablaba, ya estaba medio en pedo la afrodita. Se fue al baño, mientras se alejaba las baldosas detrás de ella se iban levantando. Era un Scania Vabis con acoplado. Cuando me quedé solo recién me acorde del problemita que tenía con el amiguito perdido. Shit!

Vuelve la amazona del baño y me dice: “Este boliche no da para más. ¿Vamos a mi departamento?”. Creo que escuché el ruido que hizo mi cara cuando pegó en el piso. Me estaba por dar una crisis de nervios. ¿Qué podía hacer?, lo obvio, le dije que sí, mientras tanto tenía que pensar que iba a hacer cuando llegáramos al departamento.

Para completarla me tira: “Vamos en mi auto, no creo que vayas a necesitar el tuyo por el resto de la noche”. Una cagadera de un colimba en un desfile del 9 de Julio hubiera sido más llevadero que mi situación. Le dije que bueno y subimos a su Audi A8000, o algo parecido, ni me acuerdo. Mi situación era desesperante.

Llegamos a unos de los barrios más conchetos de Connecticut. El comedor del departamento era del tamaño de mi casa.

-En la heladera tengo champagne, andá descorchando uno mientras me pongo cómoda.

-Sip. – (fue lo único que se me escapo entre los dientes, bruxaba).

Empecé a desvariar, pensaba en prender fuego al juego de sillones antes de que ella volviera, tirarme por el balcón, robarle algo y huir, como última alternativa estaba la de contarle de mi accidente.

Llegó la crisis, empecé a llorar copiosamente, después empecé a emitir un chillido apenas perceptible, a los 10 segundos ya lloraba a los gritos.

Aparece la rubia medio desnuda corriendo, porque me escuchó desde la habitación que quedaba como a un kilómetro de donde estaba.

No entendía nada. Le dije que estaba muy enamorado de una tal Marta, que ella tenía una enfermedad terminal, que le quedaban horas de vida y yo las estaba desperdiciando estando ahí con ella.

Poniendo una expresión de preocupación en su rostro me dice “bueno, nos apuremos, sacate la ropa”. Me ahogué con saliva, tosí fuerte y se me escapo un pedito. Mi organismo estaba por colapsar.

Pensá, pensá, pensá, pensá, pensá, pensá, pensá, pensá, pensá, pensá. Pasaron los 10 segundos más largos e incomodos de mi vida. Me empecé a desnudar llorando. Caminaba hacía la cama y lloraba.

De pronto siento algo caliente que me empieza a correr por las venas. Le podríamos llamar orgullo. Ya estaba en calzoncillo al lado de la cama, no lloraba, estaba serio, mirándola fijo. Ella se desvestía sensualmente. Mi cordura se tiró por una de mis orejas.

Me le tiré encima, la besaba, la apretaba, la arañaba, la mordía, ella me dijo una obscenidad al oído y ahí palmé. Me desmayé me parece, o le metí un cabezazo a la pared, no sé qué fue primero.

La cuestión es que me desperté al lado de la cama con mi calzoncillo puesto. La rubia estaba sentada en la cama, desnuda, tapada con las sabanas, tomando champagne del pico de la botella viendo Crónica.

Estaba aturdido, pensaba: “Cómo llega Crónica a Connecticut?”.

Me paré, la rubia ni me miraba, era invisible, buenísimo. Caminé recogiendo mi ropa, llegué hasta el living-casa y me empecé a vestir. Ella venía detrás mío desnuda.

-Me podrías haber dicho la verdad. – Dijo enojada.

-¿Y qué querías que te dijera? ¿Que me falta la pinchila?

La galantería mordió banquina. Su cuerpo cayó al parquét haciendo un ruido como el de una caja de herramientas rodando en una fosa. Su cabeza pegó duro, corría la sangre por el piso. Me apuré a socorrerla. Tome su cabeza entre mis manos y sentí su nuca húmeda.

-¡Llamá a una ambulancia!

-Sí, quedate tranquila, ya busco ayuda.

Salí corriendo, volví a los pocos segundos con una pala en la mano. Me miró sorprendida y le pegué con toda mi fuerza en la frente. Mejor así… que no se corra la bola.

 

MARIANO ARGERICH

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