Asado Criminal

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No sé bien como empezamos con esa joda del canibalismo.

Estábamos viendo futbol, siempre comiendo asado y tomando alcohol en forma sádica. El alcoholismo se había apoderado de nuestras mentes y llegábamos a ciertos estados de locura en donde planeábamos grandes actos, como magnicidios, formación de grupos paramilitares o creación de empresas para la industria del porno. Todas cosas copadas.

Éramos nueve los acólitos. El mas jodido siempre fue Sopa. Estuvo un par de años en cana por un cuento del tío que le salió mal. Adentro no la pasó bien, se lo fifaron de entrada y después de eso se lleno de tatuajes uno peor que el otro; el escrache mayor fue la lagrima negra en el ojo derecho.

Para Jonás ese era el tatuaje más copado, pero Jonás era un tipo oscuro. La fajaba a la vieja, tomaba merca y disfrutaba mucho de torturar animales. Nos contó un día que fue a una secta, encajetado, persiguiendo a una mina; que participó de algunos rituales bastante exóticos. En algunos se sacrificaban animales; en esos se ofrecía como verdugo solo para poder pasar un tiempo torturándolos. Pero una vez nos contó que lo obligaron a comer carne humana.

Todos quedamos congelados, pensábamos que era horrible lo que había hecho; pero él, con total naturalidad, nos dijo que esa era la mejor carne que había probado en su vida, la más tierna y la más sabrosa.

No sabíamos que pensar, nos mirámos las caras en silencio. Ahí nomas salto Chilo: “sos un mentiroso de mierda, contas esa basura para hacerte el importante, como esa vez que dijiste que habías volado una caja fuerte en un Country y solo te habías afanado el sueldo de una mucama que te movías”. Jonás dio un poco mas de detalle y nos dimos cuenta que era verdad.

No sé cómo nos pusimos de acuerdo, lo único que recuerdo vagamente es que todos estábamos de acuerdo en que el asado estaba muy caro. Pero bueno, nos decidimos a probar carne humana.

El problema era como conseguir al occiso. Sopa como siempre, alardeando de su hombría se ofreció para conseguir la víctima. Nadie lo contradijo. Al próximo miércoles comenzó la libertadores y se apareció con un chabónsito muerto.

Yo no quise ver mucho como lo preparaban, solo sabía que lo iban a afeitar y lavar para ponerlo en la parrilla. Nadie quiso ver nada, excepto Jonás y Chilo. Nadie se acerco a la parrilla, todos teníamos los ojos puestos en el televisor, fijos en la pelota, hasta que Jonás dijo “está listo el asado” y lo vimos aparecer con una fuente.

No te voy a mentir, fue la carne más sabrosa que probé en mi vida, se te desasía en la boca, las costillas eran riquísimas y algo que era parecido al matambre era lo que Sopa dejaba para el final, algo a lo que habíamos llamado “el bocatto di cardinale”. Después ya nos animamos a acercarnos a la parrilla y meter mano al asado. De cualquier manera no íbamos hacia la habitación en donde se lo “preparaba”; algo de pudor nos quedaba.

Algunos empezaron a pedir excentricidades, como las manos al disco, espalda a las llamas, que se yo, boludeces. Hasta que un día Tutuca que era Santiagueño nos dijo que nos estábamos perdiendo de comer la parte más rica. Nos pregunto si habíamos comido alguna vez una cabeza guateada.

Al escuchar estas palabras a la mayoría se les revolvió el estomago, menos a unos cuantos que si la habían probado y pensaron que no era una mala idea. Al resto nos tomo un poco más de tiempo entenderlo pero como decía Chilo, ya habíamos pasado tantos semáforos en rojo que era una cagoneada no probarlo, y así lo hicimos.

Como siempre la preparación de la cabeza estuvo a cargo del Sopa con Jonás en la habitación del fondo. Ellos mismos cavaron el poso en el patio, colocaron las brasas, luego las sacaron y colocaron en su lugar la cabeza cubierta de diarios y la taparon con tierra.

Nos dedicamos a comer el asado sin dar mucha bola a lo que se cocinaba en el patio bajo tierra, hasta que Sopa dijo “ya debe estar el marote”. Chilo y Jonás salieron despedidos hacia el fondo con una pala. Trajeron la cabeza y empezamos a comerla; estaba increíblemente rica. Por suerte los muchachos se habían ocupado de sacarle la dentadura, los pelos y los ojos. Llego el momento de comer la parte más rica, los sesos. Todos cortamos unos trocitos de pan y Mariano con una cuchilla grande abrió el cráneo y quedo el cerebro al descubierto. Nos abalanzamos como unos desaforidos y comimos los sesos del cadáver de turno con una avidez sin igual.

Ya no podíamos comer un asado si pedir la “cabeza guateada”. Nos turnábamos para conseguir las víctimas. Ya estábamos cancheros y sabíamos a quien matar; que tuviera un buen sabor en la parrilla. Marcelo cayó un día con un hippie que todavía tenía en la mano un pino, de esos con los que hacen malabares en la esquina. Nos cagamos todos de risa de la ocurrencia, ya que todos sabíamos que la carne de un hippie era medio magra, pero igual nos lo íbamos a comer.

El hippie estaba medio duro, para ser honestos, era una suela. Todos puteamos a Marcelo, pero alguien dijo “bueno, por lo menos nos queda la cabeza”. Empezamos a buscar pan para comernos los sesos porque nos habíamos quedado con hambre. La verdad que no era muy grande el cerebro, pero después de comerlo nos dimos cuenta que estábamos recontra drogados. No parábamos de cagarnos de risa. Vimos el partido de futbol como si estuviéramos en la cancha. La pasamos bárbaro, todos queríamos otro hippie para el próximo asado.

Lo hicimos y nos pegamos otro viaje tremendo. Ya no había dudas, solo queríamos comer hippies ya que tenían ese aditamento extra. Pero el Demente, embalado por los efectos del ceso del hippie salió con una teoría que nos dejó pensando. Para él no tenía nada que ver que un hippie fumara mucha marihuana para que su cerebro nos transmitiera el efecto del THC cuando nos comíamos sus sesos, si no que la colgada era parte de la naturaleza del hippie y que eso se nos transmitía en la materia gris que comíamos. Como estábamos bastante drogados nos pareció bastante acertada la teoría y nos pusimos de acuerdo en que el próximo que trajera un tipo, debería traer a un filósofo.

Le tocaba a Manotas, nos contó que le costó bastante pero lo consiguió. Tuvo que buscar en una Universidad, esperar a que terminara de dar clases, pero lo consiguió. Era un profesor de Filosofía. Nos comimos el cerebro y empezamos a hablar de Nietzsche y el superhombre, Kant y la metafísica, Platón y el bien, y así con Heidegger, Aristóteles y Espinoza. Sopa defendía a muerte a Schopenhauer. Un flaco que no había terminado el primario nos hablaba de Schopenhauer como si hubiera sido su compañero de habitación. La teoría del Demente era acertada, de ahí en más nos dedicamos a disfrutar de distintos cerebros.

Nos comimos un cura y hablábamos de la existencia de Dios, nos terminamos confesando unos a otros. Nos comimos a un empresario y teníamos geniales ideas de cómo invertir nuestro dinero. Nos comimos a un arquitecto y remodelamos el quincho. Y así siguió la joda.

Empezó el mundial de Brasil y nos habíamos puesto de acuerdo en comernos un DT o un jugador para poder disfrutar más los partidos. En realidad la terminábamos pasando mal, puteabamos demasiado a los jugadores y no te cuento lo que eran los insultos al técnico.

Como recordaras, Argentina llego a la final con Brasil. Ya habíamos hablado del tema y no podíamos comernos ni a un jugador, ni a un DT o mucho menos a un Árbitro porque ahí sí que nos poníamos pelotudos.

Jonás nos dijo que para la final él se comprometía a traer algo muy especial, algo que nos iba a sorprender. Todos estábamos sobrecargados de laburo y en algunos casos nos habíamos salvado de casualidad de que la cana nos pillara en pleno crimen, así que dejamos todo en manos de Jonás. Llegó el día del partido, caímos todos religiosamente y mientras nos tomábamos un Gancia como para abrir el apetito lo vemos a Jonás aparecer con una minita muerta.

Al principio nos sentimos un poco descolocados, nunca nos habíamos comido una mujer. Nadie dudaba de que la carne fuera buena, la mina tenía buena pinta, lindo lomo. El Demente tiró la frase “yo no la quiero con salsa blanca” y a todos nos dio un poco de asco, pero cuando vimos la carne en la parrilla se nos fueron todos los prejuicios.

Fue el asado más rico que habíamos comido hasta ese momento, el vino corría en cantidades heréticas. El partido estaba para una sublingual, a Marcelo casi le da un bobazo cuando una pelota de los brasileros da en el palo.

Segundo tiempo y el partido 2 a 2, pasaron unos 15 minutos y Chilo grito desde el fondo “ya está la cabeza!!!”.

La trajo a la mesa, todos la miramos con un poco de desconfianza, pero vimos como Mariano la abría, como siempre lo había hecho y casi por un acto reflejo todos cortamos un pedacito de pan y empezamos a comer los sesos.

Faltaban 10 minutos para el final, el partido estaba por terminar igualado y nos íbamos a penales. Empecé a sentirme raro, no sé bien cómo explicarles, me sentía emocionado, me molestaba mi ropa interior, no sé porque. Miré para un costado y Chilo le estaba sacando una cana a Sopa. Antes de que pudiera decir algo, el Demente que era quien estaba más cerca del televisor se dio media vuelta, me miró fijo y me dijo “porque el señor de negro está levantando ese cartoncito amarillo?”. Esbocé una pequeña sonrisa pero me di cuenta de que yo tampoco sabía que hacia ese señor en la cancha, con una camiseta distinta a la de los equipos que estaban jugando.

Te la hago corta, todos terminamos llorando, no por el partido, si no porque Jorgito moría en Avenida Brasil que a esa altura estábamos viendo porque eso de los penales nos aburría como la puta madre.

El resultado ya lo sabes, no hace falta que te lo diga, solo te quería contar como nos perdimos unas de las finales mas vibrantes de la historia del futbol mundial, por culpa de esa puta jodita del canibalismo.

MARIANO ARGERICH

 

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12 comentarios sobre “Asado Criminal

  1. Muy bueno y divertido Mariano. Excelente cuento y de gran imaginación. Para dar vuelta la realidad con mucha consecuencia en el relato. Felicitaciones

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